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“El fuego vino para quedarse, la pregunta es qué paisaje queremos defender” 

Entrevista a Javier Grosfeld. Biólogo, botánico especialista en gestión de recursos naturales. Desde el microscopio y desde la gestión pública, con los pies en la tierra afirma: El fuego es parte del paisaje. Lo que cambió es su comportamiento. Y lo que está en discusión es el futuro del territorio…

por Gioia Claro y Carlos Martin Lorenzo (Piki) – Sur Arriba, Revista Cítrica y FM Alas

El bosque andino patagónico no es un decorado. No es un fondo verde eterno ni una postal inmóvil. Es un sistema vivo moldeado por glaciares, volcanes y fuego. Y ahora —cada vez más— por decisiones humanas.

Javier Grosfeld lo estudia desde hace más de treinta años. Biólogo, botánico, especialista en arquitectura de plantas y gestión de recursos naturales, fue director regional de Parques Nacionales Patagonia Norte y primer Subsecretario de Bosques de Río Negro. Conoce el bosque desde el microscopio y desde la gestión pública. Desde las cicatrices de fuego en los troncos hasta las cicatrices institucionales que deja la falta de política de Estado.

El fuego no es una anomalía. El fuego es parte del paisaje. Lo que cambió es su comportamiento. Y lo que está en discusión es el futuro del territorio.

“Vivimos en una isla biogeográfica”

¿Qué hace singular al bosque andino patagónico?

Los bosques patagónicos son una isla biogeográfica. La mayoría de nuestras especies son endémicas: solo crecen acá, en los bosques andino patagónicos de Argentina y Chile. Estamos rodeados por el mar, por ese territorio que es la estepa y después el monte. Eso hace que muchas especies estén más emparentadas con Australia o Nueva Zelanda que con el Chaco o Misiones.

Este paisaje fue modelado por dos grandes fuerzas: los glaciares y el fuego.

Tenemos registros de incendios de hace más de mil años. En los sedimentos del río Epuyén, en Chubut, hay fuegos datados del año 800. Y en los árboles sobrevivientes podemos leer la historia, en las cicatrices que se forman después de cada incendio. Año por año.

Las especies están relativamente adaptadas a determinadas frecuencias. En algunos valles el fuego puede aparecer cada 50 o 100 años; en otros, cada mil. Hay lugares muy húmedos donde el incendio natural era rarísimo. Pero esa dinámica cambió cuando llegamos nosotros.

700.000 hectáreas quemadas

Después de la llamada “conquista del desierto”, el fuego fue la herramienta.

Cuando llegaron los colonos, ¿con qué se encontraron? Con bosque. ¿Y cómo abrís un claro en medio de un bosque? Con un fósforo. Se prendía fuego. Ni siquiera se bajaban los árboles.

Entre las campañas militares y la colonización posterior se estima que se quemaron más de 700.000 hectáreas. El equivalente a todo el Parque Nacional Nahuel Huapi incluyendo todos sus lagos. En el año 1917 el entonces Ministerio de Agricultura mandó a calcular cuánto se había quemado. Y era enorme la superficie. Después vino un período de supresión del fuego, sobre todo con la consolidación del sistema de Parques Nacionales. Se empezó a combatir cada incendio.

Pero la historia no terminó ahí.

Lo que cambió después de 2015

Desde el incendio de Cholila en 2015 empezamos a ver comportamientos que antes no eran habituales. Fuegos que avanzan de noche. Antes el fuego tenía un comportamiento más previsible: se activaba durante el día, y bajaba a la noche cuando recuperaba humedad la vegetación.

Hoy eso ya no siempre pasa.

En los días extremos, la vegetación no recupera humedad. El fuego no descansa. 

El 9 de enero vimos comportamientos prácticamente imposibles de combatir.

Los estudios meteorológicos en la zona de El Bolsón muestran un dato elocuente: de tener una semana por temporada con condiciones 30-30-30 (más de 30 grados, menos de 30% de humedad y más de 30 km/h de viento) se pasó a más de veinte días. La temporada de incendios se extendió más de un mes.

Eso cambia completamente el escenario.

El incendio de Puerto Patrida propagado hacia la localidad de Epuyén

El fuego vino para quedarse

Si uno calcula cuánto se quemó en los últimos 15 o 20 años en la Comarca, es prácticamente dos tercios del territorio. Y la previsión es que los incendios van a ser cada vez más severos y frecuentes.

El fuego vino para quedarse. El desafío es cómo preparamos el paisaje y a la gente para mitigar esos efectos.

Y eso implica decisiones políticas.

¿Qué vamos a defender? ¿Las casas? ¿Alguna población en particular? ¿El bosque de alerces de Huaitekas, que es una joya? Hay que definir prioridades y actuar.

La prevención involucra mucho a la sociedad y me parece que es fundamental tener en cuenta que los ecosistemas son socio-ecosistemas, o sea, no podemos separar a la vegetación, a los ecosistemas de las personas que habitan, que interactúan con ellas. Necesitamos muchísimas miradas para trabajar en la prevención y co-construir un proceso de prevención.

Los ojos de un niño curioso descubren los tesoros que se esconden en su entorno.  Su espíritu explorador lo lleva a encontrar en la inmensidad del bosque, una pequeña orquídea que se oculta entre unos arbustos. – “Esta es la única orquídea que huele!” – nos cuenta emocionado mientras saca de un bolsillo su nueva adquisición: un celular con una super cámara de fotos, capaz de registrar en macro el detalle de esas pequeñas maravillas que, a esos ojos de niño explorador, nunca dejaron de producirle asombro y admiración. El niño se llama Javier y hoy es Biólogo.

El primer encuentro con él para esta entrevista, se dió en la Cascada de Los Duendes, al pie del Cerro Catedral, junto al Lago Gutiérrez en Bariloche. Una entrevista en movimiento. Dentro de un bosque de coihues, pañiles, maqui, laura, y otras tantas especies nativas. La caminata hacia arriba marcó el ritmo donde hubo espacio para el silencio, la pausa del observador, la escucha activa de los pájaros, y el ejercicio de un paseo interpretativo de lo que el bosque tiene para contarnos…

La culpa no es (solo) del pino

El debate público suele concentrarse en el pino. Para Grosfeld, la cuestión es más compleja:

El pino no es el único problema. Echarle la culpa al pino simplifica una problemática multicausal.

La historia comienza en el paradigma forestal importado de Europa.

Los primeros forestales venían de lugares donde los bosques eran manejados desde la época romana. Cuando veían nuestros bosques, los veían envejecidos, sobremaduros. Entonces, la idea fue sustituir la madera del bosque nativo por plantaciones de rápido crecimiento. Se promovieron forestaciones —especialmente desde los años 70 con la ley 25.080 y otras políticas de fomento— en una población sin cultura forestal.

Muchos plantaron pinos como mejora para acceder a la titularización de la tierra. No porque quisieran desarrollar una industria forestal.

El problema fue doble: mala elección de especies en algunos casos y falta de manejo.

Hay especies que no debieron plantarse, como el murrayana o el radiata en ciertos lugares. El Oregón y el ponderosa pueden tener sentido en sitios adecuados, pero con manejo y control. 

Hay cosas que eran muy difíciles de prever. Porque no se conocía cómo iba a ser la interacción entre esa especie que estaban llevando a un lugar con otro clima, con otras especies, no podían saber que comportamiento iba a tener. El principio precautorio es relativamente reciente. O sea, en la década de 60 no existía principio precautorio.

Hoy no podrías traer una especie así nomás para implantarla en cualquier lugar. Hay un montón de normativas que establecen limitaciones para que vos puedas hacer eso.

Hoy uno de los problemas es que ninguna de las leyes actuales aborda directamente la invasión de pinos en bosque nativo. La ley de promoción forestal no controló invasiones. La ley de bosque nativo no está pensada para eso. Y la ley de incendios tampoco lo resuelve de fondo.

Puerto Patriada 2026

Puerto Patriada: el punto de no retorno

En lugares como Puerto Patriada, el escenario es claro. Si no se interviene, el pino va a volver a crecer a altas densidades y se va a volver a quemar en 10 o 20 años. Es una especie muy adaptada que crea condiciones para que el incendio la favorezca.

Eso es a donde no queremos llegar.

Para evitarlo hay que invertir muchísima plata. Y no solo en el ataque al fuego.

Una ventana de dos o tres años

El mensaje es urgente.

Hay una ventana de dos o tres años para actuar con buena relación costo-beneficio. El pino joven se puede erradicar a mano o con motoguadaña. Después es muchísimo más caro.

Si no se actúa, el escenario es otro.

Vamos a ver bosques relictuales. Pequeños relictos donde no se quemó, rodeados de matorrales o neo-ecosistemas.

Neo-ecosistemas y homogeneización

El problema no es solo el pino. Tenemos arces, mosquetas, abedules, retamas. Animales como jabalíes o ciervos. Y un crecimiento exponencial de las zonas de interfase (donde conviven casas y bosques). Estamos creando nuevos ecosistemas. Los biólogos no tenemos ni idea de cómo van a funcionar.

Lo que sí se sabe es que hay un proceso de homogeneización. Cada vez los paisajes se parecen más entre sí. Perdemos diversidad aceleradamente.

Estado actual de la propagación de pinos pos incendio 2021. Las Golondrinas, Lago Puelo.

El Estado y la escala del problema

Grosfeld fue director de Bosques y luego impulsó la creación de la Subsecretaría de Recursos Forestales, para integrar Bosques y SPLIF (Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales de Rio Negro) y desde su experiencia afirma:

El ciclo incluye incendio, combate y manejo. Son inseparables.

Hay planificación para el combate: medios aéreos, infraestructura, recursos. Pero la prevención requiere otra escala.

Y la escala que necesita solución es enorme. Por ejemplo, toda la ruta de Bariloche a Bolsón. Hoy las banquinas están invadidas por pinos, retamas, mosquetas. Es un riesgo altísimo.

Reducir combustible estratégicamente es, en el fondo, hacer un combate anticipado.

El combustible es la vegetación. Cuando combatís el fuego, lo que hacés es quitarle vegetación. Ese trabajo hay que hacerlo todo el año.

Hay que invertir no solo en medios aéreos sino en prevención a gran escala: banquinas, interfases, manejo continuo del combustible.

¿Cómo es la Gestión del Fuego en Argentina?

Es una Política Pública compleja, cogestionada con diferentes criterios y responsabilidades. Nación, Provincia, Municipios, Comunidad.

Esta cogestión depende a su vez de la disponibilidad de recursos, humanos, de equipamiento e infraestructura, medios terrestres y aéreos y dinero que se destine y se ejecute.

En la Patagonia Norte, la gestión del Fuego está organizada en el Sistema Federal de Manejo del Fuego (SNMF – actualmente bajo la órbita del Min. Seguridad), los Sistemas Provinciales y los Servicios de Bomberos Voluntarios. Las y los trabajadores de los servicios provincial y nacional, reclaman hace años mejoras en sus condiciones de trabajo: salarios dignos, jubilación acorde a la tarea, equipamiento y estabilidad laboral.

El Sistema de Manejo del Fuego tiene como funciones y tareas la organización, planificación y ejecución de programas, proyectos y acciones relacionados a la prevención y extinción de los incendios forestales, y a la protección de personas y bienes.

Eso es, en el “antes” la planificación, la prevención y la presupresión. 

Sin embargo, actualmente en Argentina se destina del 95 al 98 % del presupuesto para el área, en extinción de incendios y solo del 2 al 5% está destinado a la prevención.

¿Qué paisaje queremos?

El diagnóstico no es fatalista, pero sí crudo.

Es multicausal. Cambio climático, urbanización en interfase, falta de ordenamiento territorial, forestaciones mal planificadas, falta de manejo.

El desafío es enorme. Logístico, financiero, político y social. Nos obliga a pensar colectivamente qué vamos a hacer con el paisaje en Patagonia y cómo vamos a habitarlo en este piroceno.

La pregunta es qué decisiones tomamos como sociedad. Qué paisaje queremos tener. Qué vamos a defender. Y dónde ponemos los recursos. El piroceno —la era del fuego— no es una metáfora lejana. 

El futuro llegó hace rato.

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