En el marco del 50° aniversario del golpe que dio lugar a la dictadura genocida, desde Sur Arriba proponemos construir colectivamente un recorrido por una de las expresiones populares en las que se ha sostenido durante estas décadas la lucha por verdad, memoria y justicia: los murales.
Mural en mosaico inaugurado en la sede de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) en la Comarca Andina a propósito del 50° aniversario del golpe de estado de 1976
En las paredes de nuestras ciudades y pueblos, en las escuelas, universidades y gimnasios municipales, en los barrios y en los carteles abandonados en las rutas que atraviesan la provincia, nuestros pueblos han ido plasmando su memoria de lucha. Queremos visitarlos juntos, y -como quien tira la primera piedra- compartimos algunos apuntes para comprender la potencia política de estas manifestaciones de la mano de Carolina Crespo, antropóloga que ha investigado largamente el tema.
En el marco del 50° aniversario del golpe que dio lugar a la dictadura genocida, desde Sur Arriba proponemos construir colectivamente un recorrido por una de las expresiones populares en las que se ha sostenido durante estas décadas la lucha por verdad, memoria y justicia: los murales.
Carolina Crespo es antropóloga, investigadora del CONICET (Instituto de Ciencias Antropológicas – Universidad de Buenos Aires), y hace años viene desarrollando -entre muchas otras cosas- una investigación en torno a lo que nombra como “murales vinculados con memorias de violencia o memorias traumáticas” (que, aclara, “trascienden los hechos ocurridos durante la última dictadura militar”).
“A mí me interesan los murales en tanto objeto material que tiene determinadas características sensoriales y políticas propias; lo que me importa especialmente es lo que el mural habla como experiencia y como gesto, las condiciones sociales que llevan a la elaboración de ese mural, las relaciones, debates y prácticas que genera su concreción, el emplazamiento en el espacio público y su presencia cotidiana”.
Sí, para Carolina, el mural habla, y habla de muchas cosas.
“Históricamente, los murales en sí tuvieron un rol social y político importante. Los muralistas mexicanos de principios del siglo veinte los entendieron como una herramienta de transformación social y una forma de lucha contra la enajenación y la deshumanización social”, afirma Crespo retomando la expresión de Georges Didi-Huberman que define estas expresiones como “imágenes que toman posición”.
Según Crespo, ese mural que surge de la decisión de poner otras imágenes en escena, construye una mirada, “mostrando no solo lo que a veces no se puede ver en una sociedad, sino aquello que, aun viéndolo, no lo miramos”. En ese sentido, para Carolina hay una intención de intervención en el mural:
“El mural tiene como propósito, en general, instalar un modo de ver comprometido, y desde ahí afectar, provocar, dislocar, conmover a quien mira, abrir preguntas sobre conocimientos, visiones y recuerdos, apelando tanto a la argumentación como a las emociones. Son imágenes que buscan poner al descubierto heridas abiertas, conflictos históricos, pero que todavía siguen vigentes, dolores, violencias que fueron archivadas por la justicia o que pueden estar al borde siempre de serlo, y con ello tratan de sensibilizar e incentivar la lucha por derechos denegados, gestar alianzas y proyectos comunes, y o pensar otros mundos posibles”.
Para quienes lo llevan adelante, ese momento de hacer el mural puede ser exorcizante, un acto de salud: sin otros medios a disposición para amplificar la voz, están contando qué duele, qué alegra, qué se necesita seguir de cerca. Quien ejecuta se aliviana mientras pinta, cuando una persona se acerca a preguntar, cuando le cuentan algo referido al tema, o cuando se enojan.
Afiche sobre la pared de La Ronda, centro cultural del barrio Oeste en Trelew donde funciona Radio Sudaca.
Insistencia cotidiana
Indagando las diferentes temporalidades que se anudan en esta práctica (el tiempo del acontecimiento, el tiempo de la elaboración del mural y el tiempo de quien lo observa), Crespo advierte la potencia política del “carácter insistente y cotidiano” en este tipo de murales: “los murales son imágenes que no piden simplemente existir, sino que quieren insistir y persistir en la cotidianeidad, aún cuando tengan una vida finita, porque se deterioran, porque son intervenidos, porque pueden ser censurados o lo que fuere”.
“Los murales sobre experiencias de violencia insisten tratando de reorientar y abrir la mirada a otras maneras de ver, a otras lecturas, de un drama político, muchas veces que tiene larga data, que quedó en el orden de lo impedido o sobre el que no ha habido justicia o bien que, si bien la ha habido o la está habiendo, siempre está en una condición de mucha vulnerabilidad a punto de ser archivada. Y esa insistencia cotidiana y provocadora del mural puede gestar tanto empatía y puede incluso movilizar a la acción política y la militancia, como puede provocar desacuerdos o más aún, volver la presencia de ese lenguaje visual tan insoportable que se lo censure o violente”.
24M en la Comarca Andina: mural contra la Represión del Estado de ayer y hoy
A 50 años del Golpe, instalaron una placa-mural simbólica en el Paralelo 42 de la Comarca Andina, a orillas de la Ruta 40 en memoria de Julio César Schwartz. https://t.co/gaimtV6sNE Por Victoria Aybar pic.twitter.com/4DPeU2fmNY
“La segunda característica que me parece interesante”, continúa Carolina, “es que a diferencia de otras artes visuales, su gran potencial político reside en su factura colectiva (cuando esto ocurre, obviamente, porque no siempre los murales se hacen de manera colectiva) y en los lazos que gesta. Los murales de violencias vividas suelen ser espacios de encuentro, de comunalidad, de reflexión sobre quiénes somos y quiénes queremos ser o, al menos, qué es lo que no deseamos ser”.
El mural deja de ser una obra de quien lo llevo adelante y pasa a ser de la comunidad, de quienes nos detenemos a leer, de las infancias que preguntan qué significa. Hay algo ritual allí, en esa relectura de nuestra propia historia. Para Crespo, estos murales “cumplen un rol importante como un espacio de encuentro de quienes disienten, de acompañamiento además en la lucha y apoyo afectivo a familias y amigos de las víctimas, de debate, tensiones e intercambio y o de anudamiento de lazos, de lazos colectivos y esos lazos muchas veces se continúan consolidando con posterioridad al emplazamiento del mural”. Y es que, detrás y alrededor de los murales hay historias de encuentro y acuerpamiento:
“Muchos de esos murales -no todos, como decía- se realizan y piensan de manera colectiva, entonces poseen esos murales una mirada coral. Lo traccionan a veces quienes se comprometen políticamente con la temática y/o también quienes militan en ciertos espacios políticos que no necesariamente son partidarios, se financian con colectas comunitarias y gremiales, se inauguran a través de fiestas, convocan a la comunidad los homenajes que se realizan en cada aniversario, el caso, etcétera”.
Vista de los murales de Plaza Pagano, en El Bolsón.
En ese sentido, Crespo cita el caso de los murales de Plaza Pagano en El Bolsón, “que son murales vinculados con experiencias de violencia y trauma, murales de memorias traumáticas, y funcionan como puntos de reunión para iniciar marchas, hacer asambleas, realizar festivales sobre alguna problemática en la localidad, hacer aniversarios o homenajes a quienes fueron violentados, etcétera”.
La lógica de la memoria
A partir del caso de los murales de la Comarca Andina, Carolina reflexiona sobre la forma en que se pone en escena la memoria: “algo que para mí fue muy significativo y llamativo, es que no siguen tanto la lógica del arte sino más la lógica de la memoria; entonces cada vez que esos murales se deterioran o que han sido censurados o que han sido intervenidos según el caso y se vuelven a elaborar, si bien la temática no se modifica -obviamente- la iconografía, el diseño, la estética, sí se modifica mucho”.
Desde el punto de vista de la investigación de Carolina, eso tiene más que ver con “la idea de memoria como una memoria abierta, siempre en discusión y situada contextualmente”, que con “la idea del arte y la restauración del original”.
Detalle de los Murales de Plaza Pagano, en El Bolsón
El espacio público en tensión
“El tercer punto revelador de los murales”, continúa Crespo, “refiere a lo que dicen y hacen sobre el espacio y lo público”. Sobre el espacio, dice, “porque transmutan el paisaje, lo visible y desnaturalizan el espacio donde tienen el lugar exponiendo -bueno, obviamente- el andamiaje sobre el que se edifica el poder dominante y discutiendo el imaginario bajo el cual se configuró ese lugar”, pero sobre lo público también “porque especialmente en aquellos casos en los que los murales son emplazados sin pedir permiso a autoridades estatales, discuten aquello que es dominio público y definido de todos, pero que sin embargo suele ser exclusiva reserva de lo que designan los agentes estatales o sectores con poder”.
“Ese gesto de apropiación del espacio público por parte de una comunidad que algunos lo denominan desobediencia o ilegalidad es un gesto que nos recuerda a todas y a todos la opacidad de la noción de lo común, de lo público y de lo que es de todos en nuestra sociedad y es también un gesto indudable de soberanía y acción política”, nos dice Carolina, y en esa reflexión nos invita a seguir disputando el espacio, construyendo modos de ver, activando formas no autoritarias de hacer comunidad y construir eso que nombramos como lo público: lo que es de todxs.
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