por Hernán Contreras R.
Cómo contar una vida sino a través de fragmentos. Hay los que podemos detallar y otros que, con algo de suerte, apenas podemos mencionar, como a un nombre del que nos cuesta reconstruir sus gestos.
En este libro, el tiempo, si es que logra avanzar, lo hace en saltos. Saltos que no miden el espacio entre una huella y otra, eso queda sumergido. Las voces y manos que nos tocaron se transforman en marcapáginas para leer entrecortadamente una historia, de la que no sabemos bien el porqué de la selección de esas partes a las que regresar. Se nos pierden las razones. Pero queremos esas voces y recuerdos, aunque una parte sea dolor. Quizás sólo sea un descanso, una pausa, perder las certezas como una vía nueva para pisar una alfombra que no registre nuestro cuerpo. Entonces se vive una vida en sueños o se llena de sueños una vida, y convertimos los rostros de nuestros recuerdos imaginados en la razón de ser de un día en que no hallaremos el camino a casa.

Siento inseguridades y miedos en el tono de la voz que escucho, una voz que, no lo sé, no logro descifrar del todo en qué estado emocional nos habla. No sabemos y está bien que así sea. Creo que es una voz que intenta armar una vida desde sus pedazos, entre miedos, vivencias e imaginaciones. Una voz que nos hace leer con cuidado para escuchar a más de una persona en un mismo relato, más allá de Ana, y que nos permite leer a cada una de éstas en la duda de estar ante un sueño o un recuerdo real. Quien lea podrá armar su propia verdad en torno a ello. Quien lea por segunda vez podrá armar su otra propia verdad en torno a ello.
Podría parecer una historia que no avanza, pero que de alguna forma sí se mueve. No avanza linealmente según la forma tradicional de entender el tiempo. Avanza según cómo muevas las páginas y tus ojos. El relato se mueve entre las palabras que forman la voz de una mirada perdida que busca una certeza o llegar a un lugar seguro, lugar que tal vez nunca existió o que siempre estuvo a la mano, como un recuerdo confuso en donde la supuesta nitidez descansa en el amor que se sintió hacia otra persona.

Se hace necesaria una obra como esta. Una obra donde cada relato atrapa en su mundo narrativo al punto de sentir la extravía, a la vez que, en su totalidad como libro, sale de una estructura convencional lo que lleva directamente a la reflexión y a pensar ante qué tipo de género estamos. Desde la sensibilidad y el análisis, es una experiencia profunda, agradable y compleja enfrentarse a este libro. Y quizás por todo ello es que no logro escribir sobre La extravía de otra manera. Sé que he sido algo esquivo en esta especie de reseña. Es que Nina Avellaneda nos muestra relatos como quien esparce sobre una mesa un montón de cartas sin fecha. No se sabe por dónde comenzar, pero se comienza, y por hacerlo ya hay un inicio y una historia que toma forma. No sé si la continuidad del libro está en una historia, en un contenido, o más bien en un ritmo, en un movimiento, en una emoción, es decir, una forma. Ante cada relato tengo la certeza de que algo más sabré, pero no por ello significa que me acerque a algo parecido a un final o a un comienzo. Y en parte, durante nuestros días, en nuestros pensamientos, sueños e imaginaciones, tampoco hay un inicio o fin concreto. Como cuando nos dormimos entre pensamientos y ensoñaciones, y transitamos sin darnos cuenta al sueño y luego ese sueño permea de su ánimo al inicio de un día que generará recuerdos para ser contados de una manera distinta cada vez. Y luego de pensar, escribir y leer a Nina, ya no sé si sea tan importante ese inicio o ese final. Basta con leer y conectar con su voz.
Vivimos, soñamos, tememos, recordamos, sentimos. Y a veces con eso basta. El cómo contemos luego las cosas, es parte de nuestra literatura.
Puerto Montt, 29 de octubre 2026

Imágenes: cortesía Contramar editora






