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“Esa disonancia que termina siendo encuentro”

Empujadas por el viento primaveral, entrevistamos a la poeta Lola Halfon para charlar sobre poesía, territorio y todo lo que crece en ese cruce.

Lola Halfon nació en 1993 en Buenos Aires y vive en Villa Los Coihues, Bariloche. Su trabajo activo y pasional con la poesía ha llevado a que cualquiera que esté creciendo sin brújula en ese campo se haya cruzado con ella más de una vez. Junto con la poeta Camila Vallendor organiza Como un Rayo, Festival de Poesía del Carilafquen, además de los ciclos Movernos hacia un fuego perdurable y Claudia ve una peli. Además, en ese tándem de sonrisas amplias que arman con Camila, coordinan talleres de escritura presenciales y virtuales, así como el club de lectura de poesía Lejos parece que algo brilla en la librería La Sede (Bariloche).

Lola participa en varias antologías de Argentina y España, y en los últimos años publicó dos libros: Todavía hay fuga (Tanta Ceniza, 2022), y Fuera de zona (Patronus, 2025). Conversamos con ella siguiendo el rastro de su hacer en territorios patagónicos, nombrando las huellas que pisa y las que deja.


Me interesaba comenzar hablando del vínculo entre poesía y territorio, y pensé primero preguntarte hace cuánto tiempo estás en Bariloche, y si desde que estás en Bariloche cambió para vos lo que es la poesía. 

Yo estoy en Bariloche hace diez años. Hace diez años que estoy y que no me moví. Había venido un par de años antes, me había quedado un par de meses. En el medio hice un viaje y terminé viniendo para acá, medio pensando que iba a estar de paso y finalmente me quedé. 

Pasaron diez años, diez años que estoy además, ya que hablamos de territorio, en el mismo barrio: Los Coihues, que es un barrio re particular, con mucha movida comunitaria, con la Biblio, muchas organizaciones barriales; y la amistad, que es lo que me hizo quedarme, vivir cerca de todos tus amigos. Y un crecimiento de mi vínculo con la poesía, y también es re loco lo que pasó colectivamente con la poesía en este barrio… Levantas una piedra, y hay un poeta; bailarines y poetas, hay muchos bailarines y poetas. Y seguramente cambió mucho mi vínculo con la poesía, completamente, desde que estoy acá. 

De hecho me parece que desde que estoy acá me lo empecé a tomar en serio, por decirlo de alguna manera. Como… bueno, eso que yo hacía en mis cuadernitos desde que soy re chica, o eso otro, mi pasión por leer o por escuchar poesía… bueno, tomó un lugar más preponderante y más como: “Ah, me quiero dedicar a esto, ¿cómo sería dedicarme a esto?”.

Y bueno, en todos estos años fue un montón el crecimiento, que fue muy de la mano de Cami [Camila Vallendor]: muy juntas, ir animándonos a cosas. Primero nos conocimos leyendo, nos escuchamos leer; después fuimos vecinas, después socias, empezar a dar talleres… animarnos a dar talleres, diciendo: “¿Nosotras vamos a dar talleres?”.”Bueno, sí, dale”. Y lo mismo con hacer eventos de poesía, y lo mismo con hacer un festival de poesía, ¿no? Y todos esos vértigos, un poco vivirlos juntas.

Como un rayo, el Festival de Poesía del Carilafquen, tuvo su primera edición en 2023, y se abrió a la autogestión comunitaria desde su segunda edición, al año siguiente. Este año está planificado para los días 12, 13, 14 y 15 de noviembre y ya podés sumarte a colaborar con la organización.

Me pregunto si siempre hubo igual en tu vínculo con la poesía otra voz, digamos una voz de alguien más con quien se comparte, con quien se rebota, eso que resuena en vos con la poesía. ¿Siempre hubo esa sociedad, tal vez con otras, como apareció con Cami o como aparece en el barrio?

Mi primer vínculo con la poesía fue mi mamá, que me recitaba de chiquita y la tengo muy asociada a mi mamá: a las dos nos encanta leer, nos pasamos libros, nos leemos poemas por audios, como ella vive allá en Buenos Aires. Entonces, bueno, muy primer vínculo con ella.  Pero después, así de armar sociedad y armar comunidad a partir de la poesía o a través de la poesía o con la poesía, fue con Cami por primera vez. Y después, bueno, con un grupo más grande que empezó a ser eso: los amigos, leernos, juntarnos, recitarnos, mostrarnos nuestros poemas… Pero sí con Cami eso de ser socias, de estar al tiro, como descubriendo cosas juntas y haciendo cosas con la poesía. 

Y también se han movido juntas. En este último tiempo, ¿qué lugares recordás haber visitado con ella y también por tu cuenta, moviéndote con este hacer? 

Hubo re lindos viajes justo este año. Primero fuimos al festival Por las Ramas, de Trevelin, ahí en Chubut. Re lindo, primer festival autogestivo de poesía allá, muy lindo. Una parte en la Biblio de allá y otra parte en un espacio que se llama Arcos al Sur. Muy hermoso Trevelin, me enamoré de Trevelin, fue increíble: eso fue en abril, Trevelin, el amarillo, todo era amarillo, me fascinó. Fuimos juntas con Cami, leímos, asistimos al taller de Vivi Ayilef… fue hermoso. Que la poesía te haga viajar… no te la puedo creer. 

Y después, yo fui al Cóndor, al Festival Encuentro Nacional de Poesía La Mara, que también tremendo, tremendo, frente al mar… tampoco conocía el Cóndor, el balneario del Cóndor, me encantó. Y bueno, conocer un montón de poetas, escuchar a poetas que me encantan. Eso fue un intensivo además, porque era todo el día sin parar una lectura tras otra, quedábamos quemados de poesía. Alto honor también formar parte de la primera edición, este año fue la primera de La Mara.

Y ahora, el 19 ó 20 de septiembre, me voy a Neuquén a la Feria del Libro, que vamos con la editorial Tanta Ceniza a hacer unas lecturas, y de paso a compartir con las amistades que la poesía hizo: con las autoras de Tanta Ceniza tengo un re lindo vínculo, con “las neuquinas”. 

Hay un montón de encuentro y reencuentro en esos espacios. ¿Cómo te sentís en relación con eso, con la parte del encuentro con esas personas? ¿Qué encontrás ahí? 

Yo creo que es lo que más me gusta. En realidad, bueno, es raro definir como “esto me gusta más que esto”, porque todo está vinculado: el momento de escribir es hermoso, el momento de reescribir también, con todos sus vértigos y situaciones… Pero el momento de encuentro con otras voces y también de la amistad que genera la poesía; conocer a otres, conocer otras voces, también otras maneras de ver el mundo y también otros territorios. 

Ahora que hablábamos de territorios, pienso en esto que hace que nos encontremos en un festival y vengamos de un montón de otros lugares (en general de la Patagonia, pero también de otros lugares del país), y es como conocer otros mundos también. Porque la poesía también es ese encuentro con lo otro en general, con los otros, con lo otro que no soy yo, con el arbolito, con el pájaro, con la piedrita; pero también con otros que piensan distinto, que hacen otras cosas, que tienen otras músicas y también otras ideas. Y me parece que al final es eso lo maravilloso, esa disonancia que termina siendo encuentro. Como, “ah, somos distintos y por eso nos encontramos y pasan cosas”. Así que, sí, es un disfrute, todo lo que el encuentro tiene a su alrededor. 

De hecho en el festival Como un Rayo, siempre decimos: “el pasillo, el almuerzo”, como lo más lindo de todo. Las lecturas son hermosas, los talleres son hermosos, pero qué lindo el momento en el que estamos charlando, ya sea del poema que acabamos de escuchar, que fue increíble, o de cualquier otra cosa, como “¿con quién vivís en tu casa?”, “Ah, yo tengo un perro”… todo eso me parece que es riquísimo. 

Sí, pienso que también en un contexto en el que todo lo que sea diferencia se procesa de modo violento habitar la diferencia desde el encuentro y desde lo que produce la diferencia viene bien.

Total, total. Porque además estamos en esa época de la celebración a lo igual, lo mismo, la mismidad. Y de repente es hermoso recordar o poder celebrar la diferencia. 

La poesía también es ese encuentro con lo otro en general, con los otros, con lo otro que no soy yo, con el arbolito, con el pájaro, con la piedrita; pero también con otros que piensan distinto, que hacen otras cosas, que tienen otras músicas y también otras ideas. Y me parece que al final es eso lo maravilloso, esa disonancia que termina siendo encuentro.

Recordando el Como un Rayo y pensando en cómo lo arman, pienso si hay algo de apuesta por mostrar lo que produce esa diversidad. Y en esto de armar mesas, y armar conversaciones, y que no solamente sean lecturas (o no solamente sean todo lo que arman con las lecturas, porque hay mucho alrededor de las lecturas), también está esto de hacerse preguntas sobre el presente y poder responderlas desde nuestro ser con la poesía… ¿Qué te ha abierto a vos eso? Capaz nos puedas hablar de eso. 

Un montón, la verdad que un montón. A mí… justo nombraste las mesas de Como un Rayo, y lo agarro porque me volaron la cabeza. Que no pasa siempre: uno escucha a otros hablar, y a veces algo te llega, a veces no, a veces te aburre, a veces te divierte. Pero en general, siempre me fui como con la cabeza estallada de preguntas. 

Bueno, de hecho yo venía hace un montón con ganas de aprender mapuzungun, y después de la mesa de la segunda edición, que Lili Ancalao dijo algo así como “Che, ¿qué hacen que no están aprendiendo la lengua del territorio? ¿Qué onda ustedes que no saben mapudungun?”, a mí fue como que esa pregunta me destruyó. Era algo que yo ya venía preguntándome, pero ella diciéndolo así, como “¿ustedes no saben la lengua que se hablaba acá? Y que se habla todavía”. Y bueno, ahí empecé. Como que digo, algo muy concreto: empezar algo nuevo. Como que de verdad me hizo algo en el cuerpo. Y bueno, ahora estoy aprendiendo mapudungun. 

Pero, en general, las preguntas que se hicieron ese día… esa mesa fue muy intensa, está en YouTube. Es una mesa que recomiendo mucho: “La poesía entre la resistencia y la supervivencia”, algo así. Es buenísima. Carina Rita Medina, de Neuquén, nos dijo como: “¿Qué onda? ¿Qué resistir? Yo no quiero resistir nada”… Y estábamos todos como agarrándonos de todos lados. Y a mí eso me enriquece la vida. O sea, me dan unas ganas de vivir bárbaras. Como que también pienso que es eso, que al fin y al cabo es lo vital de estar haciéndonos preguntas. Que creo que es lo que tiene la poesía de fondo, que nos estamos haciendo preguntas y que está viva la cosa porque nos estamos haciendo preguntas. 

En tu último poemario hay una fuerza ahí dando vueltas que es un fuego, ¿no? Incluso hay como, bueno, ¿qué hacemos frente al fuego? ¿Qué hacen quienes laburan también con eso? Porque hay una agencia bomberil dando vueltas… Y te había escuchado decir también que el primero empezó siendo el agua lo que movía, ¿no? ¿Y qué onda con todas esas fuerzas que están dando vueltas cuando escribís? 

No tengo idea. Pero me encanta que para mí siempre mi elemento es el agua, soy triple agua, esas cosas de los signos… y siempre mucho vínculo con el agua. Y con el fuego siempre fue como más un respeto y una distancia. Como que nunca lo sentí algo tan cerca, como algo que me hablara, ¿no? Así que fue como una novedad esto en este segundo libro, que aparece como el fuego muy vinculado al amor pero también el fuego muy concreto de que se prende fuego un bosque, se prende fuego una casa. 

Entonces, más bien creo que los elementos vienen y que uno está ahí como “ah, OK, todo está siendo por acá”. Me acuerdo cuando escribía mucho sobre agua decía, “bueno, tengo que agotar, tengo que agotarlo, como que me está hartando que todo tenga que ver con el agua”. Pero a la vez, “bueno, dale”. Como que eso que tienen las obsesiones, que hay que ir hasta el fondo y que si no vuelven, y vuelven, y vuelven. Y un poco sentí que algo se agotó en ese sentido con el agua. Y que apareció el fuego sin darme cuenta, con mucha fuerza. Preguntas sobre el fuego que, bueno, en estos territorios la verdad que el fuego o las preguntas sobre el fuego están muy presentes en general, ¿no? Como que imposible mirar para otro lado. Pero bueno, en el libro por ahí no está tanto esa parte, ¿no? Como que es una parte más chiquita la de la angustia de cuando se nos prenden fuego los bosques; es como una parte muy, muy sutil del libro. Y todo se centra más en esa historia de amor o de desamor con el bombero. Y bueno, y me ayudó bastante como esto de los personajes, como que los personajes me ayudaron a llevar el elemento hacia un lugar que me fui enterando cuál era, ¿no? 

Y con esto que traías del mapuzungun, hay algo a la hora de pensar la poesía en Patagonia que tiene que ver con eso, ¿no?, con las poetas (en este momento, mucho las poetas) y los poetas mapuche. ¿Qué encontrás ahí? ¿Qué has visto? ¿Qué tenés para contarnos sobre eso? 

Todo lo que tengo para decir es como muy desde el lugar de la conmoción que a mí me provoca, como algo que me pasa en el cuerpo. De hecho hace un rato había nombrado a Lili Ancalao, y el otro día le contaba a una amiga cómo fue la primera vez que la escuché recitar, que no podía parar de llorar. Yo decía “bueno, no es que lo que está diciendo es terrible pero hubo algo corporalmente que”… Y a mi amiga le había pasado lo mismo unos años después, me dijo “che, no pude parar de llorar”. Y pienso, bueno, que eso que hace la poesía, que no tengo ninguna explicación para decirte “bueno, lo que nos hizo llorar es esto”, ¿no? Hay algo en esa voz, en esa fuerza, en esa potencia, en esa música y también en lo dicho, ¿no? Pero, bueno, a mí lo que me pasa principalmente es que me conmueve muchísimo. Y si me conmueve quiero estar ahí, quiero prestarle atención, quiero decir: “es esto lo que me interesa”, ¿no? 

También me atrae algo de como el hechizo de esta otra lengua, ¿no? Todo esto también toco muy de costado. No estoy para nada adentro de nada más que de un interés, ¿no? Ahora que estoy aprendiendo, es como tan distinta a todo… Me resulta re compleja. 

Y hay algo ahí en lo misterioso que también me parece precioso, en esas palabras que no se pueden traducir porque en nuestro idioma no existen, ¿no? Me atrae el idioma. Me gusta cómo suena. Me parece que tiene una música increíble. Y además me parece que tenemos que escuchar qué hay ahí también. Me parece que habitando este territorio es importante que miremos eso, que no hagamos a un lado, que veamos qué tiene ese idioma para para contarnos, para decirnos, qué hay ahí. No buscando tanto respuesta, por ahí son más preguntas, pero me parece que sí, que hay que hacer ese ejercicio. Tenemos que seguir aprendiéndolo, para que se siga hablando, para que se siga enseñando, ¿no? 

Me gustaría preguntarte por la experiencia en los talleres, los talleres de lectura, los de escritura… ¿Qué onda? ¿Qué pasa en los talleres? 

¡Ay, pasa algo muy lindo! O sea, ¿leer con otres?… ¡Creo que nada le gana a eso! A mí me fascina lo que pasa en los talleres de lectura, y de escritura también… en los dos, ¿no? Bueno, los de escritura tienen mitad momento lectura, mitad momento escritura. Así que de lectura son todos. Y lo increíble es eso: ahora con Cami ponele tenemos seis grupos (siete con el club de lectura que hacemos ahí en [la librería] La Sede), y pasa esto de que siempre leer un mismo libro es distinto, ¿no?, con lo que trae cada grupalidad… lo que tiene la poesía es que tiene capas de sentido, lo maravilloso de que, bueno: la polisemia, y lo no dicho, y un montón de capitas posibles; lo que esta palabra puede querer decir al lado de esta, y lo que no… Y, bueno, ser personas distintas y tener distintas experiencias en la vida. 

Entonces, siempre es una lectura nueva: lo leo, lo damos en taller, lo damos en otro taller… siempre hay algo nuevo en cada lectura. 

A nosotras nos interesa bastante esto de contagiarnos y conocer distintas poéticas –como esto: distintos territorios, distintas lenguas, de distintas generaciones– como esa gran variedad y mixtura, que haya bien una diversidad de voces. Para también poder, primero, no casarnos con ninguna (no decir “a mí me gusta solo esto”, o “no me gusta”) sino poder probar un poco de todo, ver qué nos gusta y qué no, qué nos interesa; qué no nos sale, qué no entendemos, qué nos da rechazo… 

En general hacemos un poco eso, mostrar, no a Las Poetas o Los Poetas más importantes de nada, sino cosas bien diversas: de distintos países, en distintas lenguas, traducciones, no traducciones, editoriales chiquitas, independientes (siempre intentamos que vaya por ahí, aunque alguna que otra por ahí no)… Y bueno, ahí en ese contagio también ver qué pasa con la escritura. Y ver qué pasa en el qué es leer, ¿no? La gran pregunta de qué es leer.

¿Cómo se lee un poema? Ahí despegarnos cada vez más de la idea de que tenemos que entender todo. Y también de que no tenemos que entender nada, o sea, tampoco una cosa ni la otra. Habitar en ese “entre”: en esas capas de sentido, en ese desvío, en esa rareza que tiene el lenguaje poético. 

Nos gustan bastante los textos híbridos, lo que no es muy claro que es un poema, no es muy claro si es un ensayo, si es un cuento… jugar un poco con eso también. Hemos llevado diarios, que decíamos “esto es poesía, no hay chance de que esto no sea poesía”. Pero son diarios. 

Y bueno, la pasión también. Porque leer con otras al final es leer mucho mejor. Y entonces por ahí me fascino con un libro y digo “Ah, esto me encanta: lo voy a llevar a taller para estudiarlo”. Porque me ayuda a estudiarlo también, a leerlo mejor yo. 

¿Pensás que hay algo en el territorio que habitás ahí en Los Coihues, y en Bariloche, que hace que esos espacios sean más ricos aún? 

Puede ser. No sé. Nosotras tenemos tres grupos presenciales y tres virtuales. Cada uno tiene su riqueza también; sí, encontrarnos, y saber de lo que hablamos cuando decimos “escarcha”  o “los pozos en el barrio, en la calle de tierra”, es una cosa. Y hay algo ahí en compartir, y en que un poco nos terminamos haciendo amigues también, algo de la presencialidad (hacemos cenas, nos quedamos después de taller y chusmeamos y tomamos vino…), también hay algo lindo en la vincularidad. Pero la virtualidad también permite unas cosas muy locas con esto de lo diverso, ¿no? Viene una poeta de México, una que vive en Bélgica, otra que está en España, y ahí hay de todo también: conocer mundos muy distintos a los nuestros y estar cerca de alguien que de otra manera sería imposible. Eso también está interesante. 

Me gusta que cerremos pensando en estas territorialidades que van saliendo. Un poco la apuesta era pensar lo específico del lugar desde donde hacés, pero también el vínculo entre tu hacer y el territorio. Nombraste lugares, personas, movidas, y me parece que eso está re bueno: poder nombrarlo. Creo que arma mapa, también, que aparece un mapa de esos territorios. No sé si hay algo más en ese mapa que te sea querido como para nombrar y que esté bueno que sumemos para cerrar.  

Sí. Pensé dos cosas. Una, que creo que la primera pregunta fue qué cambió en mí en la poesía al llegar acá, y pienso también en esto que fuimos nombrando que tiene que ver con la amistad, con las vincularidades, con lo comunitario. A mí me re alojaron poetas más grandes, que me dijeron: “¡Hola, veni!”. Para mí hubo algo muy hermoso de conocer esto de la red poética patagónica en un montón de poetas como Graciela Cross, Romi Olivero, Carina Rita Medina, Eliana Navarro… Las nombro a ellas porque fueron las primeras que dijeron: “Vení, sos chiquitita, y ya vas a entender algunas cosas. Vení acá”. Estábamos medio juntas ahí con Cami, y por eso les decimos “las tías” a Romi y a Cari, que, bueno, nos apapacharon. Y que después de esa primera semilla salieron un montón de otros vínculos y otras redes, con gente de otras provincias que sigue estando ahí, con registros en el canal de YouTube “algún poema tiene que haber”. 

Y pienso que hoy, si bien tiene sus momentos de más actividad y momentos de menos, acá está la Asamblea de Poetas Bariloche – Dina Huapi, que también es re groso lo que pasó ahí. Nos juntamos un poco cuando Milei asumió y fue como una forma de responder a la pregunta de qué hacemos, qué hace la poesía ante esto. Y, bueno, pequeños gestos en la calle, salir a las marchas y repartir poemas, acompañar de distintas maneras este momento re oscuro, pero sobre todo estar cerca, decir: “estamos acá”. “Che, qué angustia tal cosa”. “Sí, ¿nos juntamos a repartir poemas?”. “Dale”. 

Y creo que tiene un poco de todo lo que fuimos nombrando: el territorio, la amistad, los vínculos, la poesía… Ambas experiencias lo tienen. 

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